domingo, 11 de octubre de 2009

ANTONIO MACHADO: Un clásico sin sosiego















El hombre que dice haber llegado a una "... segunda inocencia, / que da en no creer en -nada", dirá, no mucho después dirá que habla a solas porque "espera hablar a Dios un día". El desencantado realismo de Antonio Machado no adquiere su completa dimensión sin cierta esperanza nada ingenua, el vislumbre de una fe que adensa sus actos y sus visiones pero que pocas veces se manifiesta de una manera rotunda o unívoca. No hay una verdad a la que atenerse sino una conducta que persigue la verdad, siempre fugitiva, y para ello se detiene a recoger pequeñas verdades, parciales y a menudo contradictorias pero nítidas, nacidas de un contacto irrefutable entre el espíritu y el mundo. Ahí radica, quizá, la permanente actualidad de la poesía de Machado, su inmunidad a las modas literarias. La exactitud —sonora y semántica— con que cada palabra y cada frase ocupan su lugar en el verso, la precisión y sencillez, esa asombrosa sensación de naturalidad que distingue a su discurso, parecen tener menos su origen en una destreza de escritor —y esa constituye seguramente su destreza — que en la absoluta consonancia con una actitud espiritual.

"El tono lo da la lengua, / ni más alto ni más bajo; / solo acompáñate de ella", aconseja uno de los Proverbios y cantares. Ni "vedettismo" del lenguaje ni su reducción a mero instrumento para dar a conocer "contenidos". Hablando de su primer libro, Soledades (1903), contaba Machado: "Pensaba yo que el elemento poético no era la palabra por su valor fónico, ni el color, ni la línea, ni un complejo de sensaciones, sino una honda palpitación del espíritu; lo que pone el alma, si es que algo pone, o lo que dice, si es que algo dice, con voz propia, en respuesta animada al contacto del mundo. Y aun pensaba que el hombre puede sorprender algunas palabras de un íntimo monólogo, distinguiendo la voz viva de los ecos inertes; que puede también, mirando hacia dentro, vislumbrar las ideas cordiales, los universales del sentimiento". Muy pocas veces como en este caso un poeta, logra concretar tan acabadamente en su obra lo que se propuso, y aunque los textos posteriores incorporan otras intenciones, en lo esencial esos rasgos persisten hasta el final. La poesía de Machado es, podría decirse, el resultado de una condensación de experiencias atesoradas por un espíritu especialmente inquieto y sensible, el de un buscador de sabiduría que, como tal, practica una atención tan obstinada hacia lo que lo rodea como hacia su propia subjetividad ("Buen cazador de sí mismo, / siempre en acecho").
En la búsqueda de sabiduría arraiga el prodigioso equilibrio que caracteriza a todo lo que ha escrito Machado, la impresión de una solidez que solo alcanzan los clásicos. Se trata, probablemente, del mayor clásico de la poesía española posterior al Siglo de Oro.


La generación del '98

Dos son las imágenes públicas que predominan, al menos entre nosotros, de Antonio Machado. Una, la del poeta un poco costumbrista y un poco sentencioso, que describe sencillas escenas de la vida hispana o bordea el aforismo ("caminante, no hay camino, / se hace camino al andar"), proviene de la impecable musicalización de sus versos efectuada por Joan Manuel Serrat. Otra, la de su muerte, a la edad de 64 años y a menos de un mes de iniciado su exilio en Francia, tiene connotaciones políticas: ilustra, en parte, la tragedia de la Guerra Civil. En estos días —murió el 22 de febrero de 1939, hace exactamente cincuenta años— se revivirá probablemente la imagen de una larga caravana de derrotados que cruza la frontera y en la que viajan el poeta y su madre. Se recordará también, y con razón, su decidida adhesión a la causa republicana y su aproximación, en los últimos años de su vida, a la izquierda. Es casi paradójico, sin embargo, ese lugar emblemático para un intelectual que hizo de la incerteza y la soledad un modo de vida en el que arraigó su obra y que por añadidura fue uno de los más agudos detractores de la consigna de "escribir para las masas". Juan de Mairena —uno de los escritores apócrifos que Machado inventó para difundir sus reflexiones— sostenía que el arte se dirige "al hombre en todos los sentidos de la palabra: al hombre in genere y al hombre individual, al hombre esencial y al hombre empíricamente dado en circunstancias de lugar y tiempo. [... ] Pero el hombre masa no existe para nosotros. Aunque el concepto de masa pueda aplicarse adecuadamente a cuanto alcanza volumen y materia, no sirve para ayudarnos a definir al hombre, porque esa noción físico-matemática no contiene un átomo de humanidad". Su poética —y acaso cualquier poética capaz de trascender — quedó sintetizada con esta afirmación: "El que no habla a un hombre, no habla al hombre; el que no habla al hombre no habla a nadie."
Sobre ese trasfondo debe interpretarse el compromiso político de Machado. Era la personal aplicación a las circunstancias concretas de una actitud radicalmente ética, que en buena medida el poeta compartió con sus coetáneos de la "generación del "98". Aquella formidable carnada de escritores —Ramón del Valle Inclán, Pío Baroja, Jacinto Benavente, Juan Ramón Jiménez, José Martínez Ruiz ("Azorín") y, sobre todo, Miguel de Unamuno— se sintió responsable del destino de España, a la que procuró introducir en la modernidad, rescatarla de la decadencia y el orgulloso aislamiento. Como la de Unamuno, la mirada que Machado dirigía hacia sus compatriotas era severa e implacable, aunque a la vez incapaz de ocultar la mezcla de compasión y amor que la inspiraba.
Sobre todo en Campos de Castilla (1912) se erige en el vocero lírico de las inquietudes generacionales. Se dedica entonces a reconocer la patria —sus paisajes, su pasado, sus hombres— para modificarla, a detectar añejos vicios pero también tradiciones que estima necesario preservar.
Puede así dar cierta "utilidad" pública a una pasión que evidenció desde las primeras Soledades: "Soy hombre —decía— extraordinariamente sensible al lugar en que vivo. La geografía, las tradiciones, las costumbres de los lugares por donde paso me impresionan profundamente y dejan huella en mi espíritu." De ese modo, encuentra —durante la etapa de Campos de Castilla— los símbolos de lo esencial hispano en árboles, ríos y roquedales, o bien, de un modo irónico en los pasajes más cercanos al costumbrismo y en otros rozando la arenga, fustiga a "La España de charanga y pandereta, / cerrado y sacristía, / devota de Frascuelo y de María, / de espíritu burlón y de alma quieta". No le basta, sin embargo, y entonces anuncia el advenimiento de "una España implacable y redentora, / España que alborea / con un hacha en la mano vengadora, / España de la rabia y de la idea".
Hay en este Machado, al igual que en otros "noventaiochistas", una añoranza de epopeya, de energía y vigor, que luego abonará en parte el arsenal ideológico del franquismo. Son, sin embargo, arrebatos de un espíritu insomne. No hay modo de encuadrar ideológicamente a Machado sin traicionarlo. Básicamente liberal y por momentos socializante, tradicionalista y europeista, precursor en cierto modo del existencialismo, creyente y agnóstico, escéptico pero capaz de fervorosas expresiones de fe en el futuro, cada una de estas posiciones no es mucho más que un recodo de una corriente esencial: la libertad de pensar, el rechazo a cualquier ortodoxia. "No toméis demasiado en serio lo que os digo", aconsejaba Mairena, quien por lo demás reconocía poseer una virtud en la "falta de adhesión a mi propio pensamiento".


Tradición y vigencia

A partir de ahí, quizá convenga centrar la atención en dos aspectos de la obra de Machado, tal vez más importantes que su temática a la hora de evaluar la vigencia: la condición de poeta tradicional (uno de los últimos grandes poetas tradicionales —o, lisa y llanamente, el último— de la lengua española), y la de poeta filósofo, no porque filosofara a través de la poesía sino porque su oficio de poeta implicó una filosofía tácita que —a través de Mairena, particularmente — procuró desentrañar en textos quizás insoslayables. Machado es "tradicional" no solo porque sus versos se sostienen en la métrica y la rima sino también porque cree —a diferencia de los que no mucho después instaurarán definitivamente las vanguardias — en la transparencia del lenguaje, en lo que dicen las palabras mucho más que en los efectos de sus combinaciones o en las transgresiones al orden de la lengua. Esta confianza en la representación —semejante a la de los viejos pintores figurativos— no importarla mucho más que como dato histórico literario si no fuera en su caso un valor primordial. Machado no solo acepta el sentido establecido sino que lo aprovecha poéticamente, lo respeta para extraerle el máximo de sus posibilidades estéticas. A partir de las vanguardias esto ya no será posible, y ni siquiera lo es del todo en sus propios contemporáneos. Algunos críticos han destacado su "tono viril" en oposición a la "blandura" y a la "gracia femenina" del modernismo, pero este poeta, que fue admirador de Rubén Darío — quien a su vez, lo admi1ró—, no dejó de participar en el modernismo o, al menos, de utilizar muchas de sus capacidades de sugerencia y evocación ("Brilla la tarde en el resol bermejo... / La hiedra efunde de los muros blancos... / A la revuelta de una calle en sombra,/ un fantasma irrisorio besa un nardo"). Más justo, tal vez, es suponer que, a partir del poderoso impulso modernista, supo recuperar la raíz castiza de Jorge Manrique y Fray Luis de León para hacerla resplandecer en todo su vigor y en consonancia con el nuevo siglo. El dato biográfico de que este andaluz de nacimiento haya pasado casi toda su vida en Castilla parece simbolizar ese proceso.
En cuanto al Machado "filósofo", habría que notar que, si es cierto que en él casi ninguna convicción permanece inmutable, esto no tiene que ver con la ligereza sino con un desasosiego fundamental, una actitud que yace en un nivel más profundo que el de las ideas y que constituye su estilo. Si algo es imposible desconocer en Machado es el estilo, no tanto un estilo retórico como un estilo de vida que se refleja en la escritura. Inestable en la superficie, denso y compacto en el fondo, su espíritu se inclina permanentemente hacia el equilibrio y la sinceridad, tiende a ver las cosas y a dejarse impregnar por ellas. Va de la emoción al pensamiento y del pensamiento a la emoción porque su duda no es metódica sino poética y se vincula a la sensación de incompletud. Desde las Soledades, Machado nace a la poesía añorando; cada cosa que encuentra lo lleva a evocar la que falta. "Hombre solitario y descaminado entre caminos. Entre caminos que no conducen a ninguna parte", se define. De ahí que Mairena anuncie un futuro en el que "los poetas cantarán su asombro por las grandes hazañas metafísicas, por la mayor de todas, muy especialmente, que piensa el ser fuera del tiempo, la esencia separada de la existencia", y en el que a la vez "será el filósofo quien nos hable de angustia, la angustia esencialmente poética del ser junto a la nada, y el poeta quien nos parezca ebrio de luz, borracho de los viejos superlativos eleáticos. Y estarán frente a frente poeta y filosofo —nunca hostiles— y trabajando cada uno en lo que el otro deja".
Más allá de que el pronóstico se haya cumplido o no, interesa notar ahí el dibujo tácito de lo que ambos pensamientos —el filosófico y el poético— pueden tener en común, y también advertir lo que de poético suele haber en la filosofía y de filosófico en la poesía. Respecto a esto último, en su presentación a una antología de 1921, Machado advertía que, aunque "el intelecto no ha cantado jamás [porque] no es su misión [. . . ] tampoco hay poesía sin ideas, sin visiones de lo esencial. Pero las ideas del poeta no son categorías formales, cápsulas lógicas, sino directas intuiciones del ser que deviene, de su propio existir [...]. Inquietud, angustia, temores, resignación, esperanza, impaciencia que el poeta canta, son signos del tiempo y, al par, revelaciones del ser en la conciencia humana".
Por esto, por la claridad de sus propósitos, por la absoluta identidad entre una poética y un modo de vida y porque el resultado de todo ello es perceptible en su obra, resulta lícito afirmar que, a medio siglo de su muerte, Antonio Machado sigue siendo, y cada vez más, un clásico. No, por supuesto, aunque también le cabe, en el sentido habitual del término (mesura, elegancia, equilibrio, claridad), sino en otro más profundo: siempre al margen de las tendencias del momento, siempre actual.



Daniel Freidemberg
(Clarín, Cultura
y Nación, 23.02.89)



Antonio Machado. Poeta español (Sevilla, 1875 - Collioure, 1939). Aunque influido por el modernismo y el simbolismo, su obra es expresión lírica del ideario de la Generación del 98. Hijo del folclorista Antonio Machado y Álvarez y hermano menor del también poeta Manuel Machado, pasó su infancia en Sevilla y en 1883 se instaló con su familia en Madrid. Se formó en la Institución Libre de Enseñanza y en otros institutos madrileños. En 1899, durante un primer viaje a París, trabajó en la editorial Garnier, y posteriormente regresó a la capital francesa, donde entabló amistad con R. Darío. De vuelta a España frecuentó los ambientes literarios, donde conoció a J. R. Jiménez, R. del Valle-Inclán y M. de Unamuno. En 1907 obtuvo la cátedra de francés en el instituto de Soria, cuidad en la que dos años después contrajo matrimonio con Leonor Izquierdo. En 1910 le fue concedida una pensión para estudiar filología en París durante un año, estancia que aprovechó para asistir a los cursos de filosofía de H. Bergson y Bédier en el College de France. Tras la muerte de su esposa, en 1912, pasó al instituto de Baeza. Doctorado en filosofía y letras (1918), desempeñó su cátedra en Segovia y en 1928 fue elegido miembro de la Real Academia Española. Al comenzar la Guerra Civil se encontraba en Madrid, desde donde se trasladó con su madre y otros familiares al pueblo valenciano de Rocafort y luego a Barcelona. En enero de 1939 emprendió camino al exilio, pero la muerte lo sorprendió en el pueblecito francés de Colliure. Los textos iniciales de Machado, comentarios de sucesos y crónicas costumbristas escritos en colaboración con su hermano y firmados con el seudónimo Tablante de Ricamonte, aparecieron en La Caricatura en 1893. Sus primeros poemas se publicaron en Electra, Helios y otras revistas modernistas, movimiento con el que Machado se sentía identificado cuando comenzó su labor literaria. No obstante, aunque las composiciones incluidas en Soledades (1903) revelaron la influencia del modernismo, el autor se distanció de la imaginería decorativa de la escuela rubeniana para profundizar en la expresión de emociones auténticas, a menudo plasmadas a través de un sobrio simbolismo. En su siguiente libro, Soledades, galerías y otros poemas (1907), reedición y ampliación del anterior, se hizo más evidente el tono melancólico e intimista, el uso del humor como elemento distanciador y, sobre todo, la intención de captar la fluidez del tiempo. Al igual que Unamuno, Machado consideró que su misión era "eternizar lo momentáneo", capturar la "onda fugitiva" y transformar el poema en "palabra en el tiempo". En los años posteriores se acentuó su meditación sobre lo pasajero y lo eterno en Campos de Castilla (1912), pero no por medio de la autocontemplación, sino que dirigió la mirada hacia el exterior, y observó con ojos despiertos el paisaje castellano y los hombres que lo habitaban. Una emoción austera y grave recorre los poemas de este libro, que evoca la trágica España negra tan criticada por la Generación del 98 desde una perspectiva regeneracionista, al tiempo que se describe con hondo patriotismo la decadencia y ruina de las viejas ciudades castellanas. En su siguiente volumen de poemas, Nuevas canciones (1924), el autor intensificó tanto su enfoque reflexivo como la línea sentenciosa de los "Proverbios y cantares" incluidos en el libro anterior. Esta tendencia filosófica se manifestó entre 1912 y 1925, etapa en la que Machado redactó una serie de apuntes que verían la luz póstumamente con el título de Los complementarios (1971). En este cuaderno, miscelánea de lecturas, esbozos y reflexiones cotidianas, aparecieron por primera vez sus heterónimos, el filósofo y poeta Abel Martín y su discípulo, el pensador escéptico Juan de Mairena. Ambos son personajes imaginarios que permitieron expresar al creador sus ideas sobre cultura, arte, sociedad, política, literatura y filosofía, especialmente en el libro Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo (1936). Paralelamente, en las ediciones de Poesías completas de 1928 y 1933 se decanta una lírica de tema amoroso y erótico inspirada por la que fue, tras la muerte de su esposa, su gran pasión en la vida real, Pilar de Valderrama, llamada Guiomar en dichos versos. Ya durante la contienda civil Machado escribió algunos poemas y varios textos en prosa, parte de los cuales fueron recogidos en La guerra (1937). Se trata de escritos testimoniales, plenamente incardinados en las circunstancias históricas del momento.